10 de octubre de 2014

Sospechosos

Espero a mi bus en la marquesina. A mi lado, un anciano torpe destina toda su fuerza vital en sentarse. Una mujer más joven, conocida suya, le coloca con esmero una bolsa de plástico en el culo para que no se moje. Ya sentado ella le confía su mano, que este viejo agarra con el sosiego que le ha otorgado la edad y su peso.

Me comparo con él y no veo diferencias; apenas una cuestión de edad, fortaleza y forma. Un intercambio de sonrisas nos basta; los dos permanecemos suspendidos en este estado de espera, dulce e impertérrito.

El sendero que lleva al ser humano a encontrar su felicidad es libre, insospechado, benévolo e inédito. Esa es nuestra virtud... y su condena.

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