19 de marzo de 2016

Volvo 460 II

Las gotitas de café, esas putas lágrimas negras. Domingos en ruta, trazábamos el mapa sobre una servilleta. Un ramillete de hierba había brotado entre las grietas de aquella aburrida losa de hace nueve siglos: su delicado baile al viento es un ejercicio de ingenua esperanza frente a la noble resistencia de la roca.

Durante el trayecto, canciones tristes de Andrés y Dylan. El débil tintineo de mi pie sobre el pedal dirige mi pobre búsqueda hacia ninguna parte. El vaho araña el cristal de este viejo buga, y se coló un poco de aire en la cicatriz. Mi corazón no es un buen compañero de viaje.

Mi cerebro está sangrando por las punzadas de aguja de mis limitaciones, pero unos tímidos rayos solares iluminaron el horizonte que tenía ante mí, tras el volante. Circulábamos al borde del precipicio: a un lado estas putas lágrimas negras y más allá del vacío un extraordinario apego a la vida.

13 de febrero de 2016

Volvo 460

El cielo está nublado y este corazón también. Un océano de tres centímetros cuelga del amuleto del coche. Su tintineo marca el ritmo de mi delicada forma de pensar en ti. Algunos papeles esparcidos por la guantera esconden las historias que nunca me atreví contar. Tras el cristal, un mundo que desconozco gira. Y, mientras mi cerebro sangra por las punzadas de aguja de mis limitaciones, unos tímidos rayos solares están iluminando el horizonte que tengo ante mí, tras el volante.

24 de enero de 2016

Un día cualquiera

Ese día pude resumir mi vida en una frase que apunté a lápiz en una servilleta. Un sol empalagoso y frívolo golpeaba la ventana como queriéndome advertir de algo. La mañana extendía su fino velo dorado sobre las baldosas de la cafetería. La oscilación intermitente de la puerta sobre su eje me hizo evocar aquellos portazos que no supe dar. Una corriente de viento procedente de afuera quiso alcanzarme, y me sentí tan solo que olvidé si era yo aquel que estaba conmigo a solas sentado.

Dos viejos conocidos intercambiaban algunas palabras con cierto pesar, y un hombre proclamó en el otro extremo de la barra que ya no necesitaría jamás esas pastillas para estar bien. Los delirios de aquella cafetera oxidada parecían una bandada de pájaros sordos quejándose.

La mañana avanzó y yo me sumergí en ella, como una torpe poluta de polvo que levita en un haz de luz. Salí de la cafetería. Parado delante de la puerta, comprendí que una diminuta verdad brota de la esencia de las cosas, y te eché de menos. Volví a casa y, de camino, una paloma me cagó en el corazón.

13 de enero de 2016

Estación de servicio

Sentadito en un rincón, aquejado de frío, espero. Las hojas caen, el café está hirviendo y las colillas copan de ceniza el suelo. Un aire gélido aviva la hoguera del olvido, pero no he quemado todavía mi último cartucho. Una luciérnaga dorada ilumina el próximo tramo. Permanezco sentadito en mi rincón, pero mi cuerpo ha recuperado ya el aliento... así que continúo.